El Pentágono tiene 28 kilómetros de pasillos y se puede cruzar entero a pie en siete minutos gracias a un diseño de 1941

21 de septiembre de 2026

La sede del Departamento de Defensa estadounidense no solo es monumental: también es un experimento de movilidad pensado para la guerra total y el reloj de la oficina. En plena Segunda Guerra Mundial, sus planificadores apostaron por una geometría insólita que convirtió un complejo gigantesco en un lugar sorprendentemente caminable. “Aquí, la distancia no es un obstáculo; es una variable de diseño”, diría cualquier guía que conoce sus anillos y sus pasillos como la palma de su mano.

Un encargo urgente en 1941

El año 1941 llegó con una presión férrea: concentrar a miles de empleados dispersos, acelerar la burocracia militar y anticipar una guerra que exigía coordinación total. Bajo ese clima de urgencia, se optó por un edificio de cinco lados, cinco pisos y un sistema de circulación que privilegia el tiempo por encima de la ornamentación. “Todo debía estar cerca, aunque fuera enorme”, reza una anécdota repetida en los pasillos.

Geometría al servicio de las piernas

La clave es una matemática simple aplicada con audacia: cinco anillos concéntricos conectados por diez radiales, de modo que siempre haya un atajo. Esa combinación rompe el “caminar en L” de los edificios de bloques y favorece diagonales mentales muy claras. Desde casi cualquier punto, hay una ruta directa hacia el destino con solo dos o tres decisiones de giro.

Un laberinto que no lo es

Con más de veintiocho kilómetros de corredores, la palabra “laberinto” suena tentadora, pero no encaja con su funcionalidad. Los anillos —letras de la A a la E— están pensados como arterias con ritmo, y los radios numerados como ejes de orientación. “Si sabes tu anillo y tu número, sabes tu camino”, repiten los veteranos con cierta sonrisa.

La promesa de los siete minutos

El trazado reduce las distancias máximas de forma drástica: entre dos despachos cualesquiera, el tiempo de caminata es sorprendentemente corto. La organización espacial —anillos relativamente cortos y conexiones múltiples— permite cruzar el complejo en unos minutos, a paso constante y sin tropiezos. La idea no era solo ahorrar pasos, sino ganar horas de productividad acumuladas por miles de personas cada día.

Diseñar para la guerra… y para el día a día

La velocidad interna era una cuestión de seguridad y de logística. En 1941, mover documentos, coordinar unidades y acceder a la información requería piernas, no fibras ópticas. Por eso, el edificio integra rutas redundantes, cruces amplios y ángulos repetidos que se vuelven intuitivos. “Se pensó como una máquina de moverse”, dicen, y la máquina aún funciona.

Lectura rápida del mapa mental

Para orientarse, muchos empleados interiorizan una gramática simple: anillo, radio, destino. El resultado es una cartografía mental que se aprende deprisa y se usa con naturalidad. No hace falta mirar un plano cada vez; basta con recordar la relación entre centro y borde, y entre número y dirección.

  • Anillos de la A a la E, del centro hacia el exterior.
  • Radios numerados que cortan los anillos y crean atajos.
  • Señalética repetida que ancla la memoria espacial.
  • Cruces frecuentes que evitan callejones sin salida.
  • Rutas alternativas para sortear zonas en obras o con eventos de seguridad.

Cifras que cuentan una historia

El complejo reúne millones de pies cuadrados de superficie, con una corte central de varios acres que funciona como pulmón y como hito. En la Guerra Fría, esa plaza fue apodada “Ground Zero” por su simbolismo, un recordatorio de que la arquitectura también habla con ironías que el tiempo resalta. Pero más allá de los apodos, lo que persiste es la obsesión por el tiempo: menos cruces innecesarios, menos esperas y menos pérdida de energía.

Ergonomía antes de que fuera moda

Hoy se habla de “oficinas ágiles”, de recorridos cortos y de bienestar en la movilidad laboral. En 1941, sin ese vocabulario, el proyecto ya practicaba esa ergonomía con decisiones muy concretas: pasillos anchos, ritmos de circulación previsibles y una malla que impide el “callejón largo” que desanima a cualquiera. Caminar no es un castigo: es un recurso.

Lo que enseña a otras ciudades

Mirado desde hoy, el edificio sugiere una lección urbana: la conectividad densa gana sobre la monumentalidad sin puentes internos. Barrios, campus y grandes instituciones pueden extraer una idea esencial: multiplicar rutas cortas suele ser más eficaz que construir un único corredor heroico que se vuelve cuello de botella.

Una promesa que sigue en pie

Ocho décadas después, el sistema de anillos y radios continúa cumpliendo su promesa. Los flujos diarios, los picos de actividad y las restricciones puntuales encuentran soluciones en un trazado que prioriza la movilidad humana y el tiempo real. “Nada aquí está lejos si sabes por dónde ir”, dice una frase que podría estar en cualquier cartel invisible del edificio. Y ese, al final, es el triunfo de una idea nacida en 1941: hacer que lo gigantesco se sienta cercano.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.