Pensó que el ardor era una indigestión, tomó un antiácido y siguió su día. Horas después, el dolor se volvió punzante, localizado y casi insoportable. En la guardia, el diagnóstico llegó como un mazazo: apéndice inflamado y riesgo de perforación. La urgencia dejó al descubierto una verdad incómoda: a veces, lo que parece “gastritis” es una bomba a punto de estallar.
La confusión inicial
Al principio, Martín, de 29 años, lo atribuyó a un exceso de café y picante. Sentía un malestar difuso, náuseas y esa acidez conocida que sube como un pequeño incendio.
“Tomé un antiácido y me fui a trabajar”, recuerda. “Pensé: es el estrés de la semana, ya se me pasa con agua”.
Las primeras horas fueron un engaño. El dolor parecía moverse, venía y se iba como una ola, y eso reforzó la idea de una simple gastritis.
Cuando el dolor cambió de guion
Hacia la tarde, el dolor se trasladó a la fosa ilíaca derecha, se volvió constante y cada paso era una punzada. La fiebre llegó silenciosa, con escalofríos cortos y cansancio denso.
“Ahí supe que algo no estaba bien”, dice. “Ni acostarme de lado podía sin sentir que me clavaban una aguja”.
En la guardia, la palpación fue decisiva: defensa abdominal, dolor a la descompresión y una expresión que no deja dudas. Los análisis mostraron leucocitos altos y la ecografía confirmó el panorama oscuro.
Dentro del quirófano
El equipo decidió una laparoscopía urgente. “El apéndice estaba inflamado, con signos de necrosis y riesgo de rotura”, detalla la cirujana, la Dra. Valera. “Llegó en un límite que no permite demoras”.
La cirugía fue breve pero crucial. Tres pequeñas incisiones, extracción segura y lavado para evitar complicaciones posteriores.
“En apendicitis, el tiempo es intestino”, resume la especialista. “Cuanto más tardamos, más sube el riesgo de peritonitis y de una internación mucho más larga”.
Gastritis vs apendicitis: cómo distinguirlas
La gastritis suele dar dolor en la “boca del estómago”, ardor que mejora con alimentos blandos o antiácidos, y rara vez se fija en un punto exacto.
La apendicitis, en cambio, puede arrancar vaga, pero migra hacia el lado derecho inferior y se hace más focal. Suele acompañarse de fiebre moderada, náuseas, pérdida de apetito y dolor que empeora al toser o caminar con el tronco extendido.
“Si el dolor se vuelve localizado y no cede con lo básico, no esperes al día siguiente”, advierte Valera. “El cuerpo ya te está gritando”.
Señales de alarma que requieren guardia
- Dolor que migra al lado derecho bajo del abdomen, se vuelve constante y empeora con el movimiento.
- Fiebre, náuseas persistentes o vómitos que no te dejan hidratarte bien.
- Abdomen duro, dolor a la descompresión o dificultad para caminar erguido.
- Empeoramiento pese a antiácidos, analgésicos suaves o reposo.
Qué hacer si sospechas
Evita automedicarte con antiinflamatorios fuertes, porque pueden enmascarar el cuadro y retrasar la consulta. No apliques calor directo en el abdomen, ya que podría incrementar la inflamación.
Acude a una guardia donde puedan hacerte examen físico, análisis de sangre y una ecografía o TAC si hace falta. La evaluación temprana reduce complicaciones y permite un tratamiento más simple.
“Prefiero ver cien gastritis que una apendicitis que se rompió en casa”, dice la cirujana. “La prudencia en urgencias no es exageración, es prevención”.
Después de la cirugía: recuperación y aprendizajes
Martín pasó una noche en observación y a las 48 horas estaba en casa con indicaciones claras. Dieta progresiva, caminar a ratos, controlar la fiebre y atender el cuidado de las incisiones.
En dos semanas retomó el trabajo, con la advertencia de no cargar peso y escuchar las señales de su cuerpo. “Aprendí que no todo dolor quema por gastritis”, dice. “Ahora, cuando algo no cuadra, pido ayuda sin dar tantas vueltas”.
El mensaje que queda es simple y potente: el retraso transforma una molestia tratable en una emergencia quirúrgica. No se trata de vivir con miedo, sino de poner atención a lo que el abdomen dice, con su lenguaje directo y a veces urgente.
En tiempos de agendas apretadas y remedios a mano, vale recordar una regla: el dolor abdominal que se focaliza, progresa y no cede merece una consulta a tiempo. Ese gesto, aparentemente pequeño, puede cambiar el final de la historia y evitar una noche en quirófano.