En el hemisferio occidental, solo una fuerza aérea ha mantenido operativo el robusto Su-25, y lo hizo a través de un camino indirecto que esquivó a Moscú. En tiempos de reconfiguración geopolítica, Lima encontró una oportunidad singular en el mercado possoviético. “Un tanque volador para un país de geografía extrema”, dirían muchos pilotos al describir a este monoplaza blindado.
Por qué Lima apostó por el Su-25
La Fuerza Aérea del Perú buscaba un vector de ataque dedicado, capaz de sobrevivir a fuego antiaéreo y golpear con precisión. El Su-25 ofrecía cabina blindada, redundancia de sistemas y tolerancia a pistas rústicas, una combinación ideal para Amazonía y Andes. “Queríamos algo que aguantara el castigo y volviera a casa”, resume un oficial con tono pragmático.
La plataforma soviética cubría un vacío entre el entrenamiento avanzado y el combate real, donde los A-37 y los Mirage 2000 no podían estar siempre. Con el Su-25, el país combinó pegada a baja cota con resistencia, priorizando el apoyo aéreo cercano.
Un mercado posguerra fría, compra vía Bielorrusia
A finales de los años noventa, Perú adquirió alrededor de una veintena de aparatos procedentes de Bielorrusia, no de fábricas rusas ni a través de Rosoboronexport. Fue un negocio típico de la década: excedentes militares postsoviéticos, precios competitivos y entrega relativamente rápida. El paquete incluyó versiones monoplaza y biplaza, útiles para conversión operativa y misiones de adiestramiento táctico.
El acuerdo permitió a la FAP incorporar potencia de fuego significativa sin comprometer el presupuesto como exigirían aviones occidentales de ataque. “Fue una ventana de oportunidad que no duraría para siempre”, recuerdan analistas de defensa con mirada retrospectiva.
Qué aporta un “tanque volador” en el Perú
El Su-25 está hecho para soportar impactos, mantener control y aterrizar incluso con daños en superficie. Su arquitectura simple, motores robustos y aviónica sin florituras permiten operaciones desde bases avanzadas. En escenarios de baja a media intensidad, la plataforma ofrece persistencia y carga útil considerable.
En territorio peruano, esa robustez cobra sentido: pistas calurosas en la costa, humedad densa en la selva, vientos y altura en la sierra. “No es el más moderno, pero es extraordinariamente resiliente”, señalan ingenieros familiarizados con su mantenimiento.
Integración, soporte y dolores de cabeza logísticos
La cadena de soporte ha combinado talleres locales, contratos de overhaul con proveedores bielorrusos y soluciones híbridas para aviónica y armamento. Con el tiempo, mantener la disponibilidad se volvió un ejercicio de ingeniería creativa, entre canibalización controlada y compras puntuales de repuestos. La modernización, cuando existe, suele ser incremental y enfocada en navegación, comunicaciones y compatibilidad de municiones inteligentes.
Esa realidad logística explica por qué no muchos países del continente se aventuraron con esta célula, pese a su eficacia probada. La estandarización con flotas occidentales tiene ventajas de coste y entrenamiento, pero el Su-25 compensa con dureza y sencillez operativa.
El panorama regional: singularidad y alternativas
En América, la mayoría de fuerzas aéreas optó por aviones de ataque ligero o cazas multifunción con capacidad aire‑tierra moderna. Brasil confía en el A-1 AMX y el A-29 Super Tucano; Colombia también en el A-29; Argentina sostuvo el A-4AR con perfiles de ataque limitados. Ninguna de estas flotas replica el concepto de un asaltante blindado como el Su-25, especializado en apoyo aéreo cercano.
Esa singularidad convierte a la FAP en un caso de estudio: una fuerza que equilibró presupuesto, orografía y doctrina, priorizando la supervivencia de la aeronave a baja cota. “No todo es sigilo o sensorización; a veces lo que manda es la chapaleta y el blindaje”, bromean tripulaciones con sentido del humor técnico.
Capacidades y límites en el campo de batalla moderno
El Su-25 puede llevar cohetes no guiados, bombas convencionales, contenedores de cañón y, según integración, armamento guiado. Su cabina blindada y redundancias ofrecen margen de error donde otros aviones serían más frágiles. Sin embargo, frente a defensas aéreas modernas, carece del alcance sensórico y la fusión de datos de plataformas de última generación.
Ese déficit se mitiga con tácticas de baja altitud, coordinación con JTAC y empleo de armamento de precisión cuando está disponible. El equilibrio entre costo de hora de vuelo y efecto en el objetivo sigue siendo su gran argumento.
Mirando adelante: continuidad, reemplazo o mixtura
El futuro del vector depende de tres variables principales: coste de soporte, acuerdos de mantenimiento externo y viabilidad de reemplazos escalonados. La tendencia global empuja hacia turbopropulsados de ataque ligero, pods ISR y munición de precisión de bajo coste, dejando a los jets de asalto un papel más especializado.
En ese cruce de caminos, la FAP puede seguir tres rutas:
- Extender la vida útil con overhauls puntuales y mejoras modulares de aviónica.
- Transitar a una flota mixta con entrenadores armados y capacidades ISR persistentes.
- Apostar por un reemplazo a medio plazo que unifique logística y doctrina de ataque.
Más allá de la hoja de ruta final, la experiencia peruana con el Su-25 deja una lección clara: cuando el terreno y el presupuesto son implacables, la resiliencia operativa puede valer más que la última sigla de moda. “La máquina correcta para el escenario correcto”, repiten quienes han visto despegar a este veterano de alas anchas sobre costa, selva y montaña.