La escuela militar más polémica de América funcionó 35 años a orillas del canal de Panamá y hoy el edificio es un hotel de lujo

16 de septiembre de 2026

A orillas del Canal de Panamá, un edificio de líneas sobrias y patios amplios fue durante décadas un laboratorio de poder. Allí, entre selva húmeda y convoyes de barcos, miles de uniformes aprendieron tácticas, idiomas y doctrinas que marcaron la historia continental. Hoy, el mismo cascarón luce mármol, spa y desayunos con vista al lago, mientras el pasado recorre los corredores como un murmullo que no termina de irse.

“Para muchos, fue ‘la fábrica de dictadores’; para otros, una escuela necesaria en plena Guerra Fría’”, se escucha decir en visitas informales, cuando alguien pregunta qué había allí antes del hotel. Las respuestas dependen del recuerdo, la ideología y, a veces, de la memoria familiar.

Un aula con vista al poder

La institución operó durante unos 35 años en la Zona del Canal, con sede principal en Fort Gulick, frente al bosque y muy cerca del Lago Gatún. Su ubicación no era casual: logística impecable, presencia norteamericana y una proximidad estratégica a la arteria marítima más importante del hemisferio.

Allí se mezclaban cadencias del español con inglés, mapas de selvas y de ciudades, y una narrativa de seguridad hemisférica que prometía orden frente al fantasma de la subversión. “Aquí se entrenó a medio continente”, dicen con media sonrisa algunos exalumnos, orgullosos de su disciplina y de una red de contactos que cruzaba fronteras.

Doctrina, manuales y polémica

El currículo apostaba por contrainsurgencia, operaciones psicológicas, inteligencia y mando, además de cursos de logística y ética militar. La materia prima: instructores estadounidenses y latinoamericanos, una lectura muy Guerra Fría del mundo, y manuales que, años después, serían objeto de intensa crítica.

Cuando se desclasificaron documentos en los noventa, activistas denunciaron pasajes que normalizaban prácticas de interrogatorio abusivas y la persecución de opositores como si fuesen blancos militares. El Pentágono reconoció “contenidos inaceptables”, y prometió reformas que ya poco importaban a un edificio que pronto cambiaría de vida.

“La doctrina viaja en papel, pero también en lealtades y en silencios”, resume un investigador panameño, para quien la escuela fue un vector de influencia en una región de democracias frágiles y cuarteles muy poderosos.

Egresados y sombras largas

Entre sus alumnos hubo oficiales que más tarde protagonizaron capítulos oscuros. El nombre de Manuel Noriega aparece a menudo, junto a otros mandos señalados por violaciones a los derechos humanos en Centroamérica y el Cono Sur. Para organizaciones civiles, la escuela encarnó un patrón de entrenamiento que derivó en golpes y represión; para sus defensores, fue un intento de profesionalizar a ejércitos en medio de un tablero ardiente.

Ese choque de miradas formó, con los años, un mito duro de desmontar. También una peregrinación: activistas de School of the Americas Watch cruzan cada año fronteras morales para denunciar lo que consideran una herencia aún viva.

Tratados, salida y mudanza

Los Acuerdos Torrijos–Carter redibujaron la soberanía en el istmo y aceleraron el final de la presencia militar estadounidense en la zona. La escuela se mudó a Estados Unidos a mediados de los ochenta, dejando atrás dormitorios, aulas y gimnasios con olor a eucalipto y betún de bota.

El eco de las formaciones matinales se fue apagando hasta que las llaves cambiaron de manos. Donde antes sonaban silbatos, comenzaron a escucharse taladros, carritos de housekeeping y, más tarde, copas que tintinean en noches de brisa tropical.

De cuartel a suite: la nueva vida del edificio

El complejo fue reconvertido en un hotel de lujo, con piscinas que miran al verde y salones de conferencias donde cuelgan lámparas en lugar de banderines tácticos. La cadena que lo opera vende “historia y naturaleza” con el mismo entusiasmo con que promociona su carta de cocteles y su desayuno con frutas del trópico.

Elementos de la antigua arquitectura militar siguen a la vista, como si el pasado insistiera en respirar:

  • Pasillos largos y muros gruesos, ahora suavizados por arte y luz cálida.
  • Un patio central que fue sitio de formaciones, hoy vestido con jardinería y mesas al aire libre.
  • Antiguas aulas convertidas en salas de reuniones, con cableado moderno y sillas muy ergonómicas.
  • Miradores sobre el lago que antes servían a la vigilancia, hoy perfectos para fotos al atardecer dorado.

“El lujo funciona como un velo: cubre, pero no borra”, comenta un guía local mientras señala una escalera de hierro que resiste impecable, pese a décadas de tropicalidad.

Memoria, negocio y una pregunta abierta

Convertir lugares de memoria conflictiva en atractivos turísticos no es un fenómeno exclusivamente panameño. Pasa en fábricas, cuarteles, cárceles y mansiones que el mercado reinventa con una pátina de confort y experiencia. El dilema es qué hacer con lo que no encaja en las fotos del brunch.

Algunos huéspedes piden relatos discretos en los folletos del hotel; otros prefieren olvidarlo todo y disfrutar del sol sobre el agua quieta. En las ciudades cercanas, en cambio, hay quien propone placas, rutas históricas y espacios de diálogo con víctimas y veteranos. “No se trata de borrar, sino de comprender”, repiten voces que buscan un equilibrio entre memoria y futuro.

En el istmo, donde la geografía decide el comercio del mundo, los edificios cambian de piel con sorprendente rapidez. Este, en particular, resume una época en la que la política se enseñaba con brújulas, mapas y una certeza de acero. Hoy, entre sábanas de alto hilaje y vistas al canal, la pregunta persiste: cómo habitar, sin amnesia ni solemnidad, un lugar que fue academia de guerra y ahora vende descanso de cinco estrellas.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.