El Pentágono lleva 30 años intentando retirar al A-10 y cada vez que lo propone el Congreso se lo prohíbe

13 de septiembre de 2026

Durante décadas, el A-10 Thunderbolt II ha sobrevivido a informes, planes y recortes, como si fuera un veterano tozudo que se niega a abandonar el campo. En cada intento del Pentágono por darlo de baja, el Congreso ha levantado la mano y dicho “no por ahora”, impulsado por una mezcla de política, afecto operativo y memoria de combate. La pugna revela una pregunta más grande: cómo equilibrar la necesidad de innovar con la de mantener una herramienta que, sobre el terreno, ha salvado vidas con una eficacia casi mítica.

Por qué la Fuerza Aérea quiere pasar página

Para la Fuerza Aérea, el A-10 es un campeón de la Guerra Fría en un mundo diferente, donde proliferan defensas aéreas avanzadas y amenazas de largo alcance. La lógica es clara: “hay que desinvertir en lo veterano para invertir en lo prioritario”, un mantra que apunta al F-35, a la guerra en red y a municiones de precisión más letales.

El avión, pensado para merodear sobre el frente y triturar blindados, resulta vulnerable ante sensores modernos y misiles de largo alcance. Además, mantener flotas heredadas drena presupuestos y personal, dos recursos que el Pentágono quiere redirigir a programas de nueva generación y a una logística más ágil.

El arma secreta: apoyo político y cultural

La oposición no solo nace en Capitol Hill, sino en los estados que albergan unidades de la Guardia Nacional, comunidades que dependen del empleo y veteranos que veneran al “Warthog”. A esa corriente se suma el respaldo silencioso de infantes de marina y soldados de tierra, para quienes el zumbido del GAU‑8 suena a rescate.

En cada ciclo presupuestario resurgen los mismos argumentos, a menudo convertidos en cláusulas que impiden retiros o fijan mínimos de flota. “No toques mi escuadrón” es más que un eslogan: es la síntesis de un pacto entre bases locales, memorias de guerra y representantes que miran a sus votantes.

  • Misiones de apoyo cercano consideradas “insustituibles” por tropas de tierra.
  • Impacto en empleos locales y en la Guardia Nacional.
  • Costes operativos percibidos como más bajos frente a cazas polivalentes.
  • Cultura e identidad alrededor de una plataforma icónica.

Un historial de combate difícil de jubilar

El A-10 nació duro, con bañera de titanio, alas anchas y un cañón que es casi un motor. En conflictos desde el Golfo hasta Afganistán e Irak, cosechó una reputación de resistencia y puntería quirúrgica a baja altitud. Su capacidad de “merodeo”, su comunicación constante con controladores avanzados y su forma de sostenerse sobre el objetivo lo convirtieron en el ángel guardián del infante.

“No hay sustituto para el ruido del GAU‑8 cuando estás fijado por fuego enemigo”, resume un piloto veterano, recogiendo un sentimiento repetido en unidades desplegadas. Esa carga emocional, respaldada por anécdotas y partes de daño con agujeros que no tumbaron al avión, pesa más que cualquier diagrama de PowerPoint.

Modernizaciones y límites

Para alargar su vida, el A-10 recibió nuevas alas, cabina modernizada y enlaces de misión más robustos, además de pods de designación y mejoras de armas guiadas. La variante A-10C no es un fósil: puede integrar kits de precisión y colaborar con plataformas ISR para atacar con mayor criterio.

Aun así, sus límites son reales. En un cielo saturado de radares modernos y misiles de alcance extendido, su perfil de baja cota y relativa lentitud lo exponen a riesgos que exigen tácticas distintas. La respuesta ha sido apostar por más armas de lanzamiento remoto, mayor integración con drones y empleo desde distancias seguras; todo eso diluye el papel del Warthog tal como fue concebido.

La política del “divest to invest” frente al terreno

El debate no es puramente técnico. Cuando la Fuerza Aérea propone recortes, el Congreso pide demostrar cómo se preservará el apoyo cercano sin degradar la confianza del combatiente terrestre. La promesa es que cazas multimisión, aviones de ataque especial y drones pueden asumir la carga, reforzados por una red de sensores y municiones de mayor alcance.

Los detractores responden que la competencia polivalente no iguala la “terquedad” del A-10 para quedarse en el área, absorber daño y distinguir entre amigo y enemigo en entornos complejos. En el fondo, se confrontan dos visiones: una guiada por escenarios de alta intensidad contra pares, y otra centrada en guerras irregulares donde la cercanía lo es todo.

Lo que viene: retirada gradual o reinvención

En los últimos años se han permitido pasos hacia una reducción escalonada, con unidades que migran a plataformas más nuevas y una transición planificada de roles. El reloj avanza, pero la historia no está cerrada: cada ciclo de asignaciones abre nuevas negociaciones y, a veces, rescata células que parecían condenadas.

El futuro del apoyo cercano probablemente será híbrido: más énfasis en armas de largo alcance, mayor cooperación con JTACs apoyados por datos en tiempo real y una mezcla de cazas, aviones de apoyo especializado y enjambres de drones. Como dijo un asesor del Congreso, “el objetivo no es elegir un fetiche tecnológico, sino garantizar que quien pide fuego lo reciba de manera rápida y precisa”.

En todo caso, el A-10 seguirá siendo un símbolo incómodo para los planificadores y un icono reconfortante para quienes han visto su silueta picar sobre el polvo. Entre el impulso por modernizar y el instinto de conservar, el debate recuerda que la guerra no se libra solo con números, sino también con memoria, política y confianza. Y en ese terreno, el viejo “Warthog” aún ruge con una voz propia.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.