Retirado en 2012 y todavía con presupuesto propio: el portaaviones que Estados Unidos no consigue desguazar

6 de septiembre de 2026

El veterano coloso naval sigue amarrado, inerte y caro, una década después de su adiós operacional. Para la Marina de Estados Unidos, este casco legendario es a la vez un símbolo y un problema: un buque con vida administrativa propia, con su propia línea de presupuesto, y una cuenta que no deja de correr.

Un gigante varado en el tiempo

El USS Enterprise (CVN-65), primer portaaviones de propulsión nuclear del mundo, fue dado de baja en 2012 tras más de medio siglo de servicio. Desde entonces permanece en Newport News, sin alas ni tripulación, pero con un ecosistema de contratos y tareas técnicas que lo mantienen “vivo” en los papeles del Pentágono. “No es un desguace, es una campaña industrial multianual”, se repite en voz baja en círculos navales.

La trampa nuclear

El corazón del asunto no es el acero, sino los ocho reactores que lo impulsaron durante la Guerra Fría y más allá, un rompecabezas que exige normas draconianas de seguridad. Descombustionar, segmentar y gestionar residuos radiactivos no es una operación de chatarrería, sino un ballet regulado por Naval Reactors con tolerancia cero al error. “Es, literalmente, un edificio de potencia metido en un casco”, dicen ingenieros que ven más ingeniería de planta que de barco en esta tarea.

Un renglón que no se borra del presupuesto

Cada año, la nave absorbe fondos para vigilancia radiológica, seguridad del muelle, estudios ambientales, planes de ingeniería y preparación contractual. Es una suma discreta comparada con un portaaviones nuevo, pero suficiente para justificar un “programa” con objetivos y hitos. Los cálculos de desmantelamiento navegan entre “cientos de millones” y “más de mil millones” de dólares, cifras que cambian según los supuestos y el calendario de ejecución.

Capacidad industrial bajo presión

Estados Unidos tiene astilleros capaces de construir gigantes, pero desguazar un buque nuclear de este tamaño es otra liga. Los patios públicos que trocean submarinos y cruceros nucleares operan con colas de trabajo y marcos regulatorios que no se improvisan. En lo civil, Brownsville ha brillado con cascos convencionales, pero este rompecabezas añade blindajes, compartimentos contaminados y cadenas logísticas hasta sitios federales de residuos.

Una burocracia con blindaje

Entre evaluaciones de impacto ambiental, consultas públicas y autorizaciones técnicas, el expediente crece como si fuera un barco de papel. Mover cada pieza exige consenso entre Marina, Energía y autoridades estatales, con trazabilidad milimétrica de cada tornillo radiactivo. “Lento es suave, y suave es rápido” se ha convertido en lema, porque acelerar aquí significa multiplicar el riesgo.

El coste de no decidir

Dejar el casco donde está también cobra su peaje: mantenimiento de amarras, inspecciones periódicas, y una tripulación mínima de contratistas. Es dinero que no construye capacidad, pero evita riesgos mayores mientras se afina el plan final de disposición. Cada retraso presiona otras prioridades de la flota, desde diques secos hasta nuevas adquisiciones.

Qué hace tan difícil cortar acero

  • Tamaño y peso del casco, que complican la logística de izados y transportes especiales.
  • Complejidad radiológica de ocho reactores y sus sistemas asociados.
  • Requisitos de trazabilidad y documentación técnica exhaustivos.
  • Limitaciones de capacidad en astilleros públicos y privados.
  • Costes variables según la secuencia y el lugar del desmantelamiento.

Opciones sobre la mesa

Las rutas estudiadas incluyen la segmentación en un astillero con licencia, el traslado de grandes módulos a sitios federales y la externalización a industria comercial bajo supervisión de Naval Reactors. Cada opción reordena el triángulo de coste, calendario y riesgo, con impactos distintos en la base industrial y en la huella ambiental. La preferencia apunta a una solución híbrida: lo nuclear tratado con guantes de plomo, y el acero convencional troceado con eficiencia mercantil.

Memoria, símbolos y realismo

No faltaron voces que pidieron conservarlo como museo, pero la aritmética nuclear mata cualquier romanticismo. Convertirlo en pieza de exposición implicaría costos de saneamiento y custodia perpetua, y una lista de obligaciones que pocos patronatos pueden sostener. “El mejor homenaje es desmontarlo con rigor y contar su historia”, resumen veteranos que sirvieron en sus cubiertas de acero.

Lo que viene

Con el diseño de ingeniería madurando y la financiación a cuentagotas, el cronograma realista se mide en años, no en meses, con hitos que van desde la preparación del sitio hasta la retirada del último remache. Cuando el casco desaparezca, quedará un legado de lecciones aprendidas para futuros retiros de reactores navales. Y quedará, sobre todo, el recuerdo de un buque que redefinió lo que un portaaviones podía ser.

“Demasiado grande para fallar, demasiado complejo para correr”, podría ser la síntesis de una odisea que mezcla técnica, derecho y paciencia. Mientras tanto, el viejo gigante sigue en la planilla, con su propia partida presupuestaria, recordando que deshacerse de un ícono puede ser más duro que construirlo desde cero.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.