En una isla tropical, miles de jóvenes respondieron a un llamado que los llevó a Europa y a las montañas heladas de Asia. Eran ciudadanos de Estados Unidos, pero hablaban mayoritariamente español, llevaban la música del Caribe en la sangre y un sentido feroz del deber. Muchos volverían con cicatrices, otros no regresarían jamás, y su nombre colectivo quedaría grabado como símbolo de honor y de memoria compartida.
Un origen caribeño en filas estadounidenses
Su historia arranca en 1899, cuando el Ejército creó el Regimiento de Infantería de Puerto Rico, que más tarde sería el 65th Infantry Regiment. El apodo, “Borinqueneers”, brota de Borinquen, el nombre indígena de la isla, y condensa una identidad tan militar como cultural.
En una era de unidades segregadas, aquel regimiento reunía a soldados de habla hispana bajo mandos, a menudo, continentales de habla inglesa. Ese puente lingüístico y humano se convirtió en disciplina, lealtad y mística. Su lema, “Honor et Fidelitas”, no era adorno: era una brújula compartida por quienes marchaban con el parche del 65 en el hombro.
De las costas del Caribe a los Alpes
Durante la Segunda Guerra Mundial, el regimiento vigiló instalaciones estratégicas en el Caribe y el Canal de Panamá, antes de cruzar el Atlántico. En 1944 llegó a Francia y actuó en los Alpes Marítimos y la región del Rin, entre patrullas, escaramuzas y misiones de seguridad vitales para los avances aliados.
Allí aprendieron que la guerra también se gana con pasos pequeños pero firmes, sosteniendo líneas, cubriendo vías logísticas y empujando cuando el frente lo exigía. “Éramos pocos y hablábamos distinto, pero sabíamos exactamente por qué peleábamos”, recordaría después un veterano, con la serenidad que solo da el tiempo.
Corea: prueba de fuego
En 1950, el 65th partió hacia Corea integrado en la 3rd Infantry Division. Enfrentaron inviernos brutales, montañas sin piedad y una guerra de posiciones tan cambiante como cruel. Participaron en la evacuación de Hungnam, escoltaron retiradas, conquistaron alturas y defendieron posiciones que parecían imposibles de sostener.
El combate los obligó a usar todo recurso: fuego coordinado, maniobras nocturnas y, cuando tocaba, cargas a la bayoneta que hoy suenan a historia antigua, pero que entonces eran cuestión de vida o muerte. “Nos llamaban Borinqueneers y nosotros respondíamos con orgullo”, se escucha aún en actos conmemorativos donde resuenan himnos y aplausos.
No todo fue gloria. Hubo pérdidas tremendas, fatiga prolongada y choques culturales que acabaron en polémicos consejos de guerra en 1952, cuando varios soldados fueron sancionados. Décadas después, investigaciones y gestos oficiales reconocerían el peso de la discriminación, las fallas de liderazgo y la dureza de un frente donde se pedía lo imposible.
La Medalla de Oro del Congreso
La Medalla de Oro del Congreso es uno de los máximos reconocimientos civiles de Estados Unidos, reservado para quienes dejan una huella extraordinaria en la nación. En 2014 se aprobó la ley para otorgarla al 65th Infantry Regiment, y en 2016 se celebró la ceremonia nacional. Fue un acto de justicia histórica hacia una unidad mayoritariamente hispana y de identidad puertorriqueña.
¿Qué reconocía exactamente esa pieza de metal, pesada como la memoria?
- Su valor probado en combate en dos guerras.
- El sacrificio de soldados y familias a lo largo de generaciones.
- Un legado que derriba barreras de idioma y origen.
- La afirmación de que la diversidad fortalece el servicio público.
- La inspiración que hoy ofrece a nuevas camadas de militares.
“Cada nombre grabado en una lápida nos dice que esta historia nos pertenece”, dijo un orador en aquella ceremonia. La frase, sencilla y grave, resumió un siglo de esfuerzos, silencios y reconocimientos tardíos.
Memoria y futuro
En Puerto Rico, el relato de los Borinqueneers vive en escuelas, murales y desfiles, y también en la diáspora donde abuelos comparten medallas con nietos curiosos y orgullosos. El linaje continúa en estructuras actuales de la Guardia Nacional y en unidades que honran el emblema del 65, preservando tradiciones y valores que siguen siendo plenamente vigentes.
Su historia recuerda que la lengua nunca fue un obstáculo, sino un recurso de cohesión, y que la identidad puede convivir con el compromiso más exigente. En un mundo que a veces reduce a la gente a etiquetas, ellos demostraron que el servicio puede ser profundamente local y radicalmente universal.
“Servimos con el corazón en la isla y los pies en cualquier frente”, repiten algunos veteranos cuando los invitan a hablar. Y quizá esa sea la mejor herencia: una lealtad que no entiende de fronteras, una valentía que se aprende en casa, y una promesa de seguir cuidando, juntos, lo que entre todos se construye.