Con 1.200 escalones tallados en la roca este sendero de Bolivia es de los más exigentes del continente

28 de agosto de 2026

El eco del Altiplano se mezcla con el murmullo de las Yungas, y en medio de ese contraste se extiende un sendero de piedra que exige cabeza fría y piernas templadas. Sobre una calzada ancestral, un millar largo de peldaños tallados en la roca pone a prueba el aliento y el ánimo, en una travesía que muchos consideran de las más duras de Sudamérica.

No es solo una caminata: es un viaje en vertical, desde la puna helada hasta los bosques nublados, donde cada paso se convierte en un pequeño acto de fe. “Aquí las rodillas no mienten”, bromea un arriero, mientras señala el zigzag empedrado que se pierde en el abismo.

Un reto labrado por los siglos

Este camino prehispánico fue una arteria vital entre el Altiplano y la cuenca amazónica, y todavía conserva tramos de calzada inca perfectamente ensamblada. La secuencia de peldaños, pulidos por siglos de tránsito, obliga a un ritmo constante, humilde y atento a la técnica.

La cifra impresiona: más de un millar de escalones, muchos labrados en la laja, que suben y bajan como ondas fósiles de un mar de piedra. No hay prisa que valga; aquí manda la pendiente y el tiempo de la montaña viva.

Dónde está y cómo empezar

El acceso más habitual parte desde La Paz, con transporte hacia las comunidades de entrada en la cordillera, en rutas que bordean la Cumbre. Desde allí, una huella clara se despega de la puna y se lanza valle abajo, acompañada por riachuelos, bofedales y muros secos.

Conviene contratar guía local o un arriero, tanto por seguridad como por el peso de los bultos y el conocimiento de atajos, campamentos y puntos de agua. Además, así se apoya a las comunidades que cuidan el camino.

Desnivel, clima y dificultad

El itinerario suele cruzar un paso por encima de los 4.500 metros de altitud, antes de caer hacia quebradas húmedas alrededor de los 2.800–3.000 metros. La combinación de altura, piedra mojada y peldaños incesantes explica la fama de ruta exigente.

En temporada seca, el cielo es más estable, pero las noches muerden con frío de vidrio fino. En época de lluvias, el camino se vuelve resbaladizo, y cada escalón se transforma en un reto de equilibrio y paciencia.

Ritmo, altura y cuerpo

La aclimatación es la llave de esta puerta, y subestimar la altura es el error más común. Hidratación constante, pasos cortos y respiración consciente son la base para domar la altitud sin hipotecar el cuerpo.

“Cada peldaño te acerca a la selva y a ti mismo”, comenta una caminante paceña, que aprendió a escuchar los latidos como metrónomo del ascenso. Si aparece dolor de cabeza intenso, náuseas o mareo, toca parar, comunicar y, si es necesario, descender.

Temporada y paisaje

Entre mayo y octubre, los cielos suelen ser más limpios, con visibilidad que corta el aliento y contraluces sobre glaciares lejanos. De noviembre a marzo, la lluvia pinta de verde al valle, pero complica mucho el avance y el campamento.

El abanico de ecosistemas asombra: puna con ichu dorado, quebradas con musgo encendido y, más abajo, helechos y aves que anuncian el abrazo de la nuboselva. Cada tramo cambia de piel y de sonido.

Qué llevar

  • Botas con buena suela y caña firme; bastones regulables; chaqueta impermeable; capas térmicas; guantes y gorro; protector solar y lentes; agua y sales; botiquín elemental; frontal; efectivo para peajes y apoyo local.

Respeto y seguridad

El sendero pasa por territorios vivos, con historia y normas comunitarias. Pregunta por permisos, evita dejar residuos y usa campamentos ya impactados. La basura vuelve contigo, incluida la orgánica, que aquí no desaparece por arte de magia.

Contratar guía certificado reduce riesgos y aporta contexto cultural. Si el clima se cierra o el cuerpo protesta, la decisión sensata es dar la vuelta: la montaña seguirá allí mañana, igual de hermosa y severa.

Una experiencia que marca

Más que una prueba, este camino es una escuela. Enseña a leer piedras, a medir la respiración y a distinguir entre dolor y esfuerzo. También muestra la continuidad entre mundos: de la luz dura del Altiplano al vapor verde de las Yungas.

Al final, cuando las piernas tiemblan y la mochila pesa lo que debe, queda una certeza: cada escalón fue un pacto entre voluntad y paisaje. Quien se atreve a recorrerlo no vuelve igual; regresa con la memoria petrea en las suelas y un mapa nuevo dentro del pecho.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.