La fuerza aérea de Colombia sigue volando los cazas israelíes que compró hace 35 años y ya los modernizó tres veces

13 de octubre de 2026

Durante más de tres décadas, la Fuerza Aérea de Colombia ha mantenido en el aire a sus cazas de origen israelí, una flota que muchos dieron por “transitoria” y que terminó convertida en columna vertebral de la defensa aérea nacional. No fue casualidad: una mezcla de geografía exigente, presupuesto medido y decisiones técnicas prudentes ha impulsado un programa de mejoras escalonadas que, una y otra vez, mantuvo vigente a estos aviones. “Seguir volando no es un capricho, es una necesidad”, repiten con frecuencia en los pasillos de mantenimiento.

Por qué siguen en servicio

El país opera sobre un territorio montañoso y una doble costa que demandan alcance, altitud y tiempos de reacción muy cortos. En ese mapa, mantener plataformas conocidas, con cadenas de suministro asentadas y una comunidad de técnicos experimentados, ha sido más eficiente que un salto abrupto a una flota completamente nueva.

También pesa la realidad fiscal. Cambiar de avión implica no solo adquirir células, sino formar tripulaciones, adaptar infraestructura, integrar armamento y absorber una curva de aprendizaje costosa. “No se trata de comprar un avión, sino de adquirir un sistema que funcione desde el día uno”, se escucha en el entorno operativo.

A ello se suma el ecosistema nacional. Con apoyo de la industria local y de los proveedores originales, la FAC consolidó procesos de mantenimiento profundo, inspecciones programadas y una estandarización de repuestos que abarata tiempos y reduce riesgos.

Tres ciclos de modernización

Para mantener su vigencia, los cazas han pasado por sucesivos paquetes de mejoras. Primero, una fase de acondicionamiento estructural y actualización básica tras su llegada, enfocada en extender horas de vuelo y estabilizar la logística. Más tarde, llegó un salto relevante en aviónica, sensores y armamento de medio y largo alcance, con cabina “de vidrio”, nuevos modos de radar y cascos con mira integrada. En años recientes, un programa de extensión de vida combinó renovaciones estructurales con mejoras puntuales en navegación, comunicación y guerra electrónica, para afinar la supervivencia y la seguridad.

Entre las adiciones más destacadas figuran:

  • Radar multimodo de mayor alcance, misiles de guía infrarroja y radar, cabina digital con pantallas multifunción, casco con designación de blanco, paquetes de guerra electrónica, enlace de datos táctico y mejoras de motor y estructura.

Este enfoque incremental permitió mantener una curva de aprendizaje controlada, aprovechar armamento ya certificado y sostener altos estándares de disponibilidad sin detener la operación cotidiana.

Capacidades y límites actuales

A día de hoy, la flota conserva una pegada creíble: buena relación empuje-peso, capacidad de empleo a gran altitud y una combinación de sensores y misiles que respalda la disuasión regional. En interdicción aérea, defensa del espacio soberano y entrenamiento avanzado, sigue siendo una herramienta útil.

Pero la edad no perdona. Las células requieren más horas de hangar, el consumo de combustible es elevado y la aviónica, aunque modernizada, no ofrece la fusión de sensores ni la arquitectura abierta de los últimos modelos. Tampoco dispone de radares AESA de serie ni de las suites de autoprotección más modernas. “Cada año ganamos experiencia, pero perdemos margen”, admiten pilotos que conocen bien el avión.

En misiones complejas y escenarios de alta densidad electromagnética, la brecha con cazas de última generación se hace visible. Ahí, la doctrina, el entrenamiento conjunto y la eficiencia en procedimientos son tan decisivos como la tecnología.

El dilema del reemplazo

La discusión sobre el relevo se ha reactivado varias veces. Diferentes gobiernos han estudiado candidatos como F‑16, Gripen o Rafale, cada uno con ventajas en costo de ciclo de vida, transferencia de tecnología u ofertas de offset industrial. Sin embargo, el contexto presupuestal, las prioridades de seguridad interna y los calendarios políticos han frenado una decisión final.

Cambiar de plataforma implica mucho más que firmar un contrato. Se necesitan nuevas líneas de mantenimiento, simuladores, cursos para técnicos y pilotos, integración con los sistemas de mando y control nacionales y una transición gradual que no deje huecos en la defensa aérea. “El mejor avión es el que puedes pagar, mantener y operar con alta disponibilidad”, resumen voces cercanas a la planificación.

Lo que viene a corto plazo

En el horizonte inmediato, la prioridad es preservar la seguridad de vuelo, sostener la disponibilidad y seguir afinando la entrenabilidad de tripulaciones. Habrá énfasis en inspecciones estructurales, actualización selectiva de software y refuerzos en guerra electrónica, además de ejercicios combinados para mantener la interoperabilidad.

Si el reemplazo se concreta, la transición deberá ser gradual, con coexistencia de flotas, paquetes de adiestramiento escalonados y una curva de integración que reduzca la pérdida de horas operativas. Si tarda más, la receta seguirá siendo la misma: mantenimiento disciplinado, actualizaciones quirúrgicas y un uso inteligente de los recursos.

En cualquier caso, estos cazas ya cuentan una historia singular: llegaron como solución de oportunidad, sobrevivieron a los ciclos presupuestales y, con tres rondas de modernización, se convirtieron en puente entre generaciones de pilotos y tecnologías. Volar, adaptarse y seguir volando: esa ha sido, hasta ahora, la fórmula colombiana.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.