Cuba tiene uno de los ejércitos más grandes de América Latina y la mayoría de sus tanques no se mueve desde 1991 por falta de combustible

13 de octubre de 2026

La isla muestra un contraste: un aparato militar numeroso y una movilidad reducida. Desde la caída de la URSS, el país arrastra una escasez crónica de combustible, y gran parte de su parque blindado permanece inmóvil. En la memoria colectiva queda el “Período Especial”, cuando el acero dejó de rugir y se volvió silencio. “Sin gasolina, el acero es estatua”, se repite en voz baja en más de un cuartel.

Un gigante con pies de combustible

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias mantienen una estructura grande en relación con la población y el PIB. Es un legado de la Guerra Fría, de la asistencia soviética y de una doctrina centrada en la defensa total del territorio. Pero la ecuación que sostiene el músculo blindado tiene un elemento frágil: el petróleo.

Mover un batallón de tanques devora carburante, y sin reservas adecuadas la prioridad pasa a la conservación. “No se puede maniobrar con depósitos vacíos”, resume un dicho entre oficiales. Así, los vehículos ruedan poco, se almacenan mucho y la instrucción se desplaza a la teoría.

El legado soviético: acero inmóvil

Durante décadas llegaron a la isla T-55, T-62 y algunos T-72, junto con piezas de artillería y transporte blindado. Hoy, buena parte de ese material sigue existiendo, pero no necesariamente operando. Se canibalizan unidades para mantener otras vivas, se guardan carros en galpones, y se sustituyen salidas al campo por simuladores y prácticas estáticas.

El tiempo no perdona al metal parado: gomas que se resecan, baterías que mueren, tuberías que se sulfatan. Para un ejército con caja estrecha, cada arranque es una decisión. Encender un motor viejo es elegir entre entrenar hoy o tener repuesto mañana, entre mostrar disuasión o preservar la poca autonomía.

Economía, sanciones y prioridades

La ecuación energética se complica por sanciones, una economía poco diversificada y el vaivén de los aliados. Cuando el turismo cae, el ingreso de divisas merma; cuando el petróleo llega tarde, la logística sufre. El Estado debe decidir si el diesel va a la zafra, a la electricidad o al batallón acorazado en el polígono.

La seguridad nacional no es solo chaleco y fusil: también es alimento, transporte y luz. En ese marco, la inmovilidad de los carros responde a una jerarquía de necesidades. “Es más difícil mover una economía que un batallón”, ironiza un comentario frecuente en la calle.

Doctrina de resistencia con ruedas lentas

Ante la escasez, se refuerza la defensa territorial y el combate asimétrico. Menos énfasis en ofensivas mecanizadas, más en infantería ligera, obstáculos, dispersión y uso del terreno. La movilidad se busca con medios menores, rutas secundarias y enlaces de comunicaciones robustos.

En vez de columnas de tanques, la apuesta es a negar el acceso, desgastar y retrasar. Los ejercicios se rediseñan con consumo mínimo: marchas cortas, ciclos de ralentí medidos, simulación de fuego. La fuerza preserva su núcleo profesional y apuesta a la reserva entrenada para activar cuando el combustible lo permita.

Lo que significan los tanques que no ruedan

La inmovilidad no anula el valor militar, pero sí reduce la presencia. Un carro guardado sirve como reserva estratégica, almacén de piezas y símbolo de disuasión. Sin embargo, menos horas de motor implican tripulaciones con menos intuición, menos reflejos de marcha y tiro en movimiento más incierto.

También cambia el cálculo de los vecinos y observadores: ¿qué pesa más, el número en un inventario o la capacidad de salir al camino en 24 horas? En conflictos modernos, la disponibilidad del día uno vale tanto como el total en la planilla.

  • Factores clave que explican la inmovilidad:

    • Falta crónica de combustible y repuestos de origen externo
    • Costos crecientes de mantenimiento y renovación de munición
    • Prioridades civiles en energía, transporte y alimentos
    • Adaptación doctrinal hacia defensa territorial y asimétrica

Tecnología, ingenio y economía de guerra

Cuando no se pueden comprar motores, se fabrican soluciones. Talleres militares reacondicionan bombas, reciclan orugas, convierten camiones en plataformas y estiran la vida de los cañones. La creatividad compensa, pero no sustituye logística a gran escala.

La instrucción se apoya más en simuladores, cartillas y ejercicios de puesto. Se priorizan tripulaciones núcleo, listas para poner en marcha los vehículos mejor conservados. El resto entra en rotación larga, preservado como banco de piezas y opción de última hora.

¿Puede cambiar el tablero?

Con más petróleo, el parque podría recuperar cierta movilidad, pero el reloj tecnológico sigue corriendo. La guerra contemporánea exige sensores, comunicaciones seguras, protección activa y municiones precisas. Poner a rodar una brigada no basta si carece de red digital, drones de reconocimiento y defensa aérea capaz.

A corto plazo, es probable que la prioridad siga siendo energía, comida y transporte civil. A mediano, un ajuste del inventario: menos chatarra, más sistemas baratos pero útiles. Como dijo un instructor a sus alumnos: “La mejor modernización es la que puedes encender mañana con el combustible que tienes”.

En la isla, la estrategia camina al ritmo del diésel: con pasos cortos, calculados y, a veces, detenidos. El número impresiona en los desfiles, pero lo que decide es lo que arranca a la primera. Entre el mito del acero invencible y la realidad del tanque quieto, manda siempre el mismo veredicto: sin combustible, no hay maniobra.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.