La guardia costera de Estados Unidos patrulla el Pacífico junto a Costa Rica y es el único país sin ejército con el que lo hace

23 de octubre de 2026

En el Pacífico oriental, la presencia conjunta de la Guardia Costera de Estados Unidos y los guardacostas de Costa Rica se ha vuelto habitual, pero conserva un matiz singular. En alta mar, los dos países comparten información, coordinan abordajes y escoltan embarcaciones sospechosas con un objetivo claro: frenar el crimen transnacional sin sacrificar la soberanía costarricense. Para San José, que vive sin ejército desde 1948, el mar es desafío y escudo, y esta alianza intenta equilibrarlo.

Un pacto que cruza fronteras

La cooperación se apoya en acuerdos de “shiprider”, que permiten a oficiales costarricenses subir a naves estadounidenses para ejercer jurisdicción, mientras patrullas mixtas reforzadas por inteligencia regional rastrean rutas del narcotráfico. “Nuestra prioridad es proteger vidas y recursos”, suele repetirse en los puentes de mando, donde cada minuto pesa como una oportunidad o un riesgo.

Los patrullajes combinan medios de superficie y vigilancia aérea para interceptar embarcaciones rápidas, pesqueros con doble fondo y lanchas nodrizas que se camuflan entre olas y corrientes. La coordinación es milimétrica: una llamada codificada, una georreferenciación precisa y un equipo mixto listo para actuar bajo reglas de empeño claras.

Un país sin ejército, un mar inmenso

Costa Rica abolió sus fuerzas armadas y apostó por la educación y la salud, pero hereda una Zona Económica Exclusiva tan vasta como su ambición ambiental. Desde la Isla del Coco hasta sus puertos del Pacífico, proteger esa extensión requiere más que presupuesto: demanda socios, tecnología y disciplina.

El Servicio Nacional de Guardacostas, de carácter civil, opera bajo el Ministerio de Seguridad Pública, con capacidades crecientes pero limitadas frente a organizaciones criminales que se adaptan con rapidez asombrosa. “Sin marinos formados y sin lanchas a punto, la ley se vuelve un papel mojado”, comenta un oficial, subrayando la urgencia de mantenimiento, entrenamiento y logística.

Intereses compartidos en el corredor del Este

En el corredor que va desde Sudamérica hasta Norteamérica confluyen amenazas: narcotráfico, pesca ilegal no declarada y no reglamentada, trata de personas y contrabando ambiental. La Guardia Costera estadounidense aporta alcance, sensores y procedimientos, mientras Costa Rica brinda conocimiento del área, sustento legal y procesamiento judicial.

  • Interdicción de embarcaciones sospechosas con equipos de visita, registro y captura coordinados.
  • Vigilancia de áreas marinas protegidas e intercambio de datos en tiempo casi real.
  • Operativos humanitarios y rescates en condiciones adversas.
  • Capacitación técnica y simulacros conjuntos para fortalecer protocolos.

“Cuando la marea sube, suben todos los barcos; cuando baja, se ven las fugas”, dicen en tono marinero quienes planifican las campañas estacionales. El enfoque es flexible, porque las rutas cambian, los capos innovan y cada incautación desplaza el problema unos nudos más allá.

Debate en casa: apoyo sí, cesión no

La colaboración también alimenta discusiones internas. En Costa Rica, la autorización del ingreso de naves extranjeras exige controles políticos y legales estrictos. “Cooperar no es ceder”, apuntan sus defensores; “ni abrir la puerta a bases permanentes”, insisten frente a voces que temen una deriva militarizante o un costo ecológico oculto.

La clave está en diseñar una cooperación civil, transparente y sujeta a evaluación pública. Eso implica reglas claras de uso de la fuerza, respeto a los derechos humanos y protocolos de evidencia que resistan en tribunales. “Sin confianza, no hay patrullaje que sirva”, resume un analista de seguridad con tono pragmático.

Resultados tangibles y retos persistentes

Las operaciones conjuntas han permitido asegurar cargamentos, rescatar tripulantes y desarticular redes logísticas, aunque el fenómeno criminal es adaptable y tenaz. Cada golpe exitoso obliga a multiplicar fuentes, invertir en patrullas sostenibles y mejorar los mantenimientos para que las lanchas no se queden varadas por una pieza barata.

El fortalecimiento pasa por más intercambio de inteligencia, formación de tripulaciones, cooperación judicial y modernización de muelles. También por tecnología: drones marítimos, sistemas electroópticos y análisis predictivo que conviertan datos dispersos en alertas útiles, sin perder de vista la protección ambiental.

Una cooperación con sello propio

Lo que vuelve especial esta relación es que se articula enteramente con fuerzas civiles, en un país que hizo de la abolición del ejército una seña de identidad. La Guardia Costera de Estados Unidos interactúa con una contraparte sin armada, y el énfasis recae en seguridad multimisión: salvamento, estado de derecho y tutela de los mares.

Ese rasgo define la narrativa: menos enfoque bélico, más prevención, justicia y resiliencia institucional. “Es posible patrullar con firmeza sin militarizar”, repiten quienes ven en el Pacífico un territorio para la cooperación y no para las escaladas.

El horizonte inmediato

De cara a los próximos años, el desafío será sostener la confianza, blindar cadenas de custodia y acelerar inversiones en guardacostas costarricenses que garanticen presencia regular en áreas críticas. La ruta también exige involucrar a pescadores, comunidades costeras y reservas marinas como aliados activos.

Si el océano es el nuevo tablero, ganar no es capturar todas las piezas, sino impedir que el delito mueva las suyas con impunidad. Entre olas, radares y bitácoras, la cooperación se vuelve brújula: discreta, persistente y, sobre todo, necesaria.

Edwin Rolando Amaya

Cubro la actualidad hondureña con especial atención a los temas sociales y las dinámicas locales. Mi objetivo es hacer la información clara y útil, yendo a lo esencial sin perder de vista la realidad del terreno. A través de mis artículos, busco ofrecer una mirada precisa y accesible sobre los hechos que importan.